SEWELL
RICARDO AGUILAR
enlaces
CUENTOS 3
cien años más de soledad
SEWELL
la maldición de macondo
poemas favoritos
PARTE PRIMERA

Capítulo I

“Daniela, debes ver aquí, observa la infraestructura que tiene este camarote”, le dije a mi compañera de investigación. “A ese le llaman el chino” dijo ella, mientras caminaba detrás de mí por una de tantas escaleras de este campamento minero, que el gobierno chileno está remodelando. Era un día diáfano, la nieve encandilaba nuestros ojos al pasar por las blancas calles y escaleras de Sewell, el campamento minero más grande de los tiempos prósperos de este mineral, perteneciente a la mina subterránea de cobre, más grande del planeta. Un enclave norteamericano durante muchos años, y que hoy pertenece al Estado de Chile.

Mis otros dos compañeros de investigación, trabajaban al interior de la mina misma, mientras con Daniela, revisábamos fotografías pertenecientes al fotógrafo oficial de Sewell durante décadas anteriores. Eran una reliquia maravillosa, eran negativos en vidrio, originales de este fotógrafo apellidado Ríos, de quien jamás se obtuvo más que una sombra de él en un daguerrotipo.

Miguel Ángel llegó junto a nosotros, y observó una fotografía donde aparecía el doctor Richardson, el fundador del hospital de esta ciudadela cordillerana, y junto a él había un hombre que le llamó la atención, consultando si era el gringo que administraba el campamento. Sin embargo, nuestro guía nos dice que su nombre es Ferdinand Köller, un alemán, que había sido acusado de espionaje en este enclave norteamericano, durante la segunda guerra mundial, y fue deportado de Sewell, bajando a vivir a la ciudad de Rancagua. Seguimos viendo aquellas imágenes, pero Daniela quedó interrogante con aquella donde aparecía Köller.

Seguimos a Diego a conocer la Iglesia ecuménica y escuela de Sewell, donde vimos aquellos viejos bancos destinados al rezo, y a la educación de quienes vivieron en el campamento. Conocimos el lugar exacto donde están enterrados ciento dos mineros, a causa de un rodado de material nevado en el año 1944.

Observamos la casa del mismo William Braden, que al poco tiempo de fundarse Sewell, dejaría en manos del norteamericano James Kieveric, quien administró por años esta ciudad. Dentro de ella vimos todos los muebles intactos, que gracias a la reconstrucción que esta llevando a cabo la empresa estatal CODELCO, que tiene a cargo el mineral El Teniente, y sus dependencias, pudimos apreciar como si en realidad estuviéramos ahí, en aquellos años de prosperidad sewellina.

Intuitivamente, Daniela tomó un cuadro, donde aparecía el señor Kieveric, pero se da cuenta que estaba pintada encima de otra pintura. El guía que nos acompañaba, le pidió la pintura, y solicitó a unos investigadores oficiales, que revisaran que había debajo. Mientras ellos concluían su labor, nosotros seguimos visitando el lugar. El Casino Americano, los camarotes de solteros, y los de casados. La antigua estación de electricidad, y la casa donde se encontraba el teléfono, el primero en Latinoamérica, que llegó a este lugar en 1919.

Pasaron varias horas, y los científicos oficiales, habían sacado la pintura que había encima de aquella imagen. Miguel Ángel se dio cuenta de inmediato que era una pintura del alemán que habíamos visto en la fotografía, junto al doctor Richardson, y que estaba con una dama anglosajona, al parecer hija de Kieveric, e incluso concluyeron que estuvieron casados, porque antiguamente se fotografiaban así a las parejas maritales.

Terminó nuestra jornada con la visita al Museo, y la Plaza Morgan. Posteriormente bajamos en los vehículos de la empresa El Teniente, hasta Rancagua. Logramos recabar información importante para iniciar a escribir una enciclopedia histórica de Sewell. Sin embargo, Daniela tenía otras pretensiones, diciéndonos que aún nos faltaba algo importante, y dijo que: “es necesario entrevistar a alguna persona que haya vivido el mayor tiempo posible en la ciudad minera”.

Al día siguiente llegamos a un local de baterías para vehículos, en una calle céntrica de la ciudad de Rancagua, donde nos habían dicho que investigaban hace años algunas fotografías del artista Ríos de los años 20, y pasamos a ver si conocían a alguien que haya vivido muchos años en Sewell. Fue entonces como supimos que aún vivía aquel alemán, don Fernando Köller, como le decían acá en Rancagua. Y además que estaba muy cerca de donde nos encontrábamos. Daniela nos dice: “…todos conocen las historias de Sewell, la fuerte división social, los desastres, y como terminó abandonado, sin embargo, a mi me interesa más que eso, lo que no se ha dicho, los secretos encerrados en lo más profundo de esta sociedad sewellina”.

Fuimos donde don Fernando Köller, era un anciano de 98 años de edad, que vivía en Rancagua. Nos atendió muy amablemente, nos sentamos junto a él en el living de su casa, y nos ofreció un café, que lo trajo la mujer que atendía desde hace años la homeopática de la cual era propietario Köller. Le pedí que entráramos en tierra derecha, y habláramos de Sewell. Inicié la conversación, recordándole algunos rasgos que nos importaban para nuestra investigación.

– “durante algunos años, nuestro país apoyó a Alemania y al Eje, en plena segunda guerra mundial. Sin embargo, mantuvo en secreto este campamento minero, que era de propiedad de norteamericanos”… dije, para introducir a la historia que realmente nos interesa.

– “…nos han dicho que un hombre de origen alemán, que dicen es usted, vivió en esa fecha en la ciudad de Sewell, y nos gustaría saber algunas cosas respecto de que sucedió realmente…”, dijo Daniela.

– “…hemos visto algunas fotografías donde los sewellinos taparon los edificios y las tuberías de la ciudad, con ramas y otras cosas, para no ser vistos por algún espía nazi, pero al parecer los nazis enviaron a uno de sus hombres en persona, a buscar la forma de deshacerse de este rincón estadounidense, una vez que Chile cambió de posición, declarando la guerra al Eje y a Hitler…”, agregó Diego.

– “…pero algunas cosas pasaron, y no se llevó a cabo…dicen que se enamoró de una chilena, y que no pudo ayudar a este plan de destrucción de Sewell, sin embargo, hemos observado en una de las habitaciones de la casa de mister Kieveric, una pintura donde aparece este alemán, con una mujer que tenía mucha más apariencia de norteamericana que chilena, de hecho, los investigadores oficiales determinaron que era la hija del gringo que administraba el campamento”, concluyó Miguel Ángel.

“Gracias por ese análisis forense señores”, nos dice don Fernando; y agregó: “Por supuesto, el experimentarlo fue...algo diferente”. De inmediato encendí la grabadora, para pedirle a don Ferdinand que nos relatara lo que sucedió en realidad, pero ni siquiera hubo necesidad de requerirlo, pues sólo comenzó a narrarnos la verdadera historia del alemán que vino a destruir Sewell.

“Han pasado ya 61 años…”, inició, pero interrumpí diciendo: “…está bien, sólo trataré de recordar algo, lo que sea”, a lo que recibí como respuesta: “¿Quiere escucharlo o no, joven?...” y prosiguió.

Han pasado 61 años y aún puedo oler el cemento fresco de los edificios colectivos que terminaban de ser construidos el año en que llegue a esta ciudadela montada en la cordillera andina, rodeada de nieve por doquier, frío, pero un lugar que manifestaba vida por donde se mirara, una ciudad próspera, a la cual llamaban Sewell, era maravillosa, realmente lo era…

“…Estaban recién terminando de construir dos de los más grandes camarotes, cercanos a la Plaza Morgan, cuando llegué en el tren que llegaba al campamento minero. Con ayuda del señor Guillermo Schindler, que vivía en Rancagua, pude subir a Sewell, falsificando mis documentos oficiales, para hacerme pasar por un judío alemán, en busca de nuevas instancias económicas”.

“Había sido enviado desde Berlín por la maquinaria de inteligencia de la stasi alemana, por órdenes directas del führer Adolfo Hitler, quien se había enterado de la existencia de un enclave minero norteamericano, en medio de la cordillera chilena, y un año antes, Chile había dejado de apoyar al Eje Berlín-Roma, y comenzó a respaldar a Estados Unidos y los aliados. Por este motivo, la Alemania Nazi deseaba destruir este lugar, montado sobre un cerro de los andes centrales de Chile. Con el fin de cumplir este objetivo, y no es por que yo lo diga, pero… enviaron al mejor de los agentes de espionaje nazi, para buscar una manera de destruir a este campamento minero norteamericano”.

“Una vez en Chile, ubiqué en la ciudad de Rancagua, al alemán Guillermo Schindler, quien estaba contactado por la stasi para apoyarme en esta misión. Schindler me consiguió los documentos falsificados, y acceso a la mina El Teniente, abordando el tren en avenida Millán”

“La ciudad estaba radiante, todo brillaba ante los rayos del sol penetrantes entre medio de los altos edificios, y chocaban con la blanca nieve que cubría gran parte del suelo sewellino. Fui recibido por Mister Kieveric, el gringo que administraba el campamento minero. En Sewell existía un sector en la altura, separado implícitamente, donde vivían los gringos, que en realidad eran todos los no chilenos; entre ellos, suecos, británicos, franceses, italianos, y norteamericanos. Todos participaban de los procesos más relevantes del campamento, desde la administración, hasta la prestación de servicios. Eran pocos los chilenos que no trabajaban directamente en la mina, solo el doctor, que reemplazó a Mr. Richardson, el fundador del hospital, y algunos profesores de chilenos; pues los gringos, tenían institutrices y preceptores particulares, de origen británico o norteamericano”.

“James Kieveric, a penas supo de mi llegada al campamento, decidió invitarme a cenar a su casa, para poder persuadirme de invertir en la empresa minera, pues don William Braden necesitaba nuevas entradas privadas. Durante la tarde, fui instalado en un apartamento para extranjeros solteros, en el camarote que estaba justo frente a la escuela vocacional, de la Plaza Morgan. Acomodé mis pertenencias en aquella habitación, y luego tomé una ducha, vestí mi mejor traje, y partí a cenar con Kieveric y su familia”.

“De un principio, Kieveric intentó convencerme de hacer negocios, pero respondí siempre con evasivas. Al terminar la cena, la señora Kieveric se retiró junto a sus hijas, para que su esposo despidiera a su invitado, sin embargo, antes de retirarse, Kieveric me invitó un trago, y pasamos al despacho del gringo, el cual, por detrás de unos libros, sacó una botella de wisky y un par de vasos. Me dijo en ese momento: “disculpe, pero se supone que tenemos ley seca en este campamento; nosotros los norteamericano sólo podemos tener licor en el casino, por eso estaba escondido”, en lo personal no me importó, solo acepté en silencio el vaso, el que de un sorbo tragué, para marcharme lo antes posible de aquella casa, que mucho agrado no me hacía”.

“Caminé escaleras abajo, saqué un cigarro y lo encendí; luego boté la cajetilla vacía en medio de una de las escaleras que llevaban a la plaza donde estaba mi camarote. Un capataz leal a Kieveric estaba siguiéndome desde el primer momento, al parecer desconfiaba de mí, y sin que yo lo notara, el muy desgraciado tomó la cajetilla del suelo, y luego desapareció en la oscuridad”.

“Llegué al apartamento, y esperé que pasaran algunas horas. Saqué una de mis maletas, y revisé los pasos a seguir por las órdenes alemanas. Sin embargo estas se terminaban ahí. Tuve que ingeniarme la forma de llegar al cerro que estaba por detrás de la Iglesia ecuménica, para poder ocupar el teléfono, y el telégrafo morse, que poseía señal larga distancia. Logré pasar desapercibido por frente la vista de los guardias de la iglesia, que además estaba cerca de una de las entradas del campamento, por donde llegaban los huachucheros, a dejar aguardiente machalina y doñihuana. Sin mucho problema entré a la caseta, donde a las dos de la madrugada no había nadie. Tras varios intentos furtivos, pude contactarme con Alemania, para comunicar que había llegado, y que estaba al interior del campamento, esperando nuevas instrucciones. Al no recibir respuesta inmediata desde Berlín, decidí marchar a mi dormitorio, e intentarlo otro día, alguien podía aparecer y encontrarme allí. Así terminó mi primer día en Sewell”.


Capítulo II.

Amaneció en la mañana siguiente a las 5 de la madrugada, gracias a los fuertes pitazos, que despertaban a los obreros de la mina. No pudo seguir durmiendo desde entonces. Hasta las 8 de la mañana estuvo dentro de su cama, y cuando había logrado conciliar nuevamente el sueño, unos golpes apremiantes en la puerta de su dormitorio lo volvieron de poner en pie. Era Chelsea, hija de Mr. Kieveric. Ferdinand le pidió que lo esperara mientras tomaba una ducha. Ella se sentó en una orilla de la cama a esperarlo. Cuando éste salió tapando sus partes íntimas con una toalla, ella cubrió avergonzada sus ojos, como toda niña educada, pero no pudo evitar ese instinto femenino de correr los dedos para observar el cuerpo casi perfecto de aquel alemán atlético, que tenía en frente. Köller, sin preocuparse, se vistió lentamente. Chelsea había sido enviada por su padre para enamorar a este alemán para convencerlo así de invertir en la mina.

Salieron a caminar, y recorrieron gran parte del ala este del poblado. En el camino, Köller le pidió conocer la mina, a donde lo llevó la joven Chelsea. La hija del gringo le pidió a don Gumersindo Cataldo, capataz de la mina, que dejara entrar a Ferdinand, sin embargo ella no pudo entrar, pues está prohibido el ingreso de mujeres a la mina, pues creían que traían desgracias posteriores a los mineros.

Köller le comenta entre dientes a don Gumersindo: “al fin me deshice de ella”, a lo que su interlocutor responde: “no se preocupe, siempre es así ella con los nuevos gringos, pero pronto se le quita”; - “…espero”, dijo Köller. Así ingresaban a la mina misma, con casco puesto accedió a conocer el yacimiento minero de cobre, subterráneo, más grande del mundo. Köller quedó sorprendido por la cantidad de túneles, y se dio cuenta que no podría recorrerlo en un solo día, por lo que prefirió regresar, agradeciendo a don Gumersindo su guía. Al salir, Chelsea lo esperaba sentada en una silla de capataz, y a regañadientes, Köller continuó el camino con ella a casa del gringo Kieveric, pues estaba invitado a almorzar con ellos.

Hasta el momento no sabía como iba a destruir tan grande campamento minero, pero esperaría las órdenes de Berlín. Camino a casa de Kieveric, observó a lo lejos a una mujer de un encanto especial; colgaba las sábanas blancas recién lavadas, en una de las tendederas del tercer piso de un edificio amarillento. No la vio bien, pero reconoció en ella algo especial que le atrajo al verla. Esa mujer también le observó desde la altura, pero pronto se entró a su departamento.

Ferdinand Köller continuó al lado de Chelsea hasta llegar a casa de Kieveric a comer. Luego, el gringo le invitó a tomar un wisky a su despacho, donde comenzaron a conversar de negocios, pero Köller continuaba con evasivas. Hasta que el gerente general del campamento pronuncia la palabra matrimonio, el alemán no sabe como la conversación llegó hasta ese punto, pero no tenía ninguna intención de casarse con Chelsea para entrar en una sociedad comercial con la Braden Cooper Company. Sin embargo, Köller no se negó de inmediato, mantuvo las evasivas, y luego se despidió.

Cuando se fue de casa del gringo, era ya media tarde, y caminó fumando un cigarro hacia su casa. En ese instante observó nuevamente a la mujer que lo cautivó en la mañana. Se acercó, y le pregunta si gusta acompañarlo a tomar un trago a algún bar, a lo que ella respondió sonriendo: “lo siento, pero aquí no hay bares, tenemos ley seca, sólo pueden tomar los americanos en su casino… claro, a menos que espere a los huachucheros a media noche” luego de eso, entró nuevamente a su casa. Köller entendió entonces lo que le había dicho el gringo Kieveric la primea noche que estuvo en su casa. Su cara quedo pasmada al verla de cerca más hermosa que de lejos, en sus pupilas quedó grabada la imagen de aquella joven. Köller salió del breve lapsus, y volvió a caminar a su departamento. Espero que llegara media noche, y salió a las puertas del campamento. Ahí vio llegar a unos hombres en mulas, que provenían de Machalí y que llevaban aguardiente doñihuana y machalina para el tráfico en el campamento minero. Köller llamó a uno de estos huachucheros, y este reconoce en él al alemán que Schindler le había descrito, diciéndole que el alemán de Rancagua le enviaba un sobre, el cual le entregó a Köller. Este alemán recibió el sobre, compró una botella de aguardiente, y marchó a su casa.

Allí, mientras tomaba un vaso de aguardiente, y fumaba un cigarro, abrió aquel sobre de Schindler. La carta estaba en clave de espionaje nazi. Al traducirlo, se da cuenta que son las instrucciones de Berlín. El Herr Director de la Stasi avisa que su medio de comunicación será el alemán Schindler, leal al Führer, y que encargaba a Köller el idear el plan para destruir a Sewell, y comunicarlo a tiempo a las autoridades berlinesas, tenía solo semanas para elaborar el plan. Luego, de un solo trago bebió su vaso, y se acostó a dormir, ocultando bajo el colchón aquellas notas de Berlín.

....

PARTE SEGUNDA

Capítulo I

Volvimos aquella tarde a entrevistar a don Fernando a su casa, en Rancagua, para continuar con la fascinante historia que nos estaba relatando acerca de su vida en Sewell. Anoche se sintió algo complicado de salud, y prefirió detener la conversación para descansar. A sus 98 años es difícil y a la vez entendible su debilidad física, sin embargo, conservaba un espíritu fuerte, y una memoria indeleble. Lamentablemente, ocurrió lo que alguna vez sospechamos, pero no esperábamos tan pronto. Doña Jimena, que trabajaba en la farmacia de la cual era dueño el señor Köller, nos recibió en la puerta de la casa esa tarde, vestida de luto, y nos dice entre lágrimas que don Fernando ha fallecido en la noche, dos horas después que nos marchamos.

El rostro de Daniela quedó blanco, yo por mi parte, no pude respirar por espacio de dos minutos, hasta que volví en mí, e intentando ocultar mi desilusión, y a la vez disgusto por no haber alcanzado a concluir la entrevista, le di mi más sentido pésame a doña Jimena, que era la única persona que cuidaba aún del viejo Köller, y que lo acompañaba desde que instaló su homeopática en Rancagua.

No quisimos ir al entierro, a mí nunca me han agradado mucho los cementerios. Pero si nos quedamos toda la tarde en el velatorio del alemán. Asistieron a su casa un grupo variado del Círculo Social Sewell, que venían a visitar, y que siempre visitaban en realidad, a quienes vivieron en el campamento y han fallecido.

Esta ocasión nos fuimos decepcionados, sin querer terminar esta obra. Yo había pensado que la entrevista estaba bien hasta donde habíamos llegado. Después de todo, ya nos había hablado desde que llegó a Sewell, hasta que lo atraparon en el teléfono del campamento, intentando salvar a su amada de la destrucción. Comencé aquella noche a hilar algunas historias, para elaborar la obra que estábamos pensando realizar con Daniela, Miguel Ángel y Diego. Sin embargo, nos faltaban algunas cosas, no sabíamos que había pasado con Ferdinand Köller luego que lo atraparon aquella noche del 12 de diciembre en la caseta del teléfono de Sewell.

Muy de madrugada recibí una llamada de Daniela a mi teléfono celular. Había tenido un sueño. Me dijo que tenía el presentimiento que Viviana Romero, la mujer a la cual amó toda su vida el viejo Köller, no había fallecido en Sewell. Bueno de hecho era así. Revisé de inmediato los registros de los fallecidos en el campamento, y desde 1944 hasta 1976 nunca murió una mujer de ese nombre. Le dije a Daniela que nos viéramos temprano en la mañana a conversar del tema.

Decidimos finalmente que buscaríamos a aquella mujer, el gran amor de Köller. Para cumplir con nuestro objetivo pusimos un aviso en el periódico El Rancagüino, buscando a cualquier persona que haya conocido a Ferdinand Köller en el campamento Sewell.

No pasaron ni tres días, cuando ya habíamos tenido noticias. Nos reunimos con una montonera de personas que las citamos al centro social sewell, para poder entrevistarlas. Pero muchos, iban pues pensaban que había una recompensa por datos del alemán. Otros ni siquiera lo conocían, sólo iban por curiosidad. Sin embargo, Miguel Ángel, conversando con una de las señoras de la fila, logró lo impensable. El presentimiento de Daniela no estaba tan alejado de la realidad. Ahí estaba una mujer que se hacía llamar Viviana Romero, y que conocía a don Fernando desde hace muchos años atrás. Para confirmar la veracidad de su alocución le preguntamos acerca del año en que se conocieron, en que circunstancias, y hasta ese momento la historia se mantenía como todos la sabíamos; sin embargo, para completar el interrogatorio, le pregunté: “… sabemos que don Fernando le regaló algo a su amada mujer, que dice ser usted, ¿me puede decir que era ese regalo?”… a lo que recibimos como respuesta: “¿…usted se refiere al ágata morada?”, nuestros rostros se impresionaron y alegraron al recibir esa muestra de veracidad de la mujer que delante de nosotros nos demostraba ser la mujer que tanto amó el señor Köller.

Sin pedirle que nos contara más acerca de aquella piedra preciosa, de la cual nos había hablado antes el señor Köller, ella comenzó a explicar: “…el ágata morada era un anillo que usaba Fernando cuando estaba trabajando en la stasi de Berlín, aquella joya, era única en su especie, pues las ágatas comúnmente son negras, pero esta piedra morada fue encontrada por algunos polacos judíos cerca de Cracovia, y cuando Ferdinand fue a tomar aquella ciudad, y le tocó dirigir la matanza de judíos, se lo quitó a uno de ellos cortándole el dedo incluido. Aquella piedra preciosa, que con maldad fue obtenida por Köller, fue entregada a mí, con el amor más diáfano que pude haber visto jamás, un amor tan grande de parte de este alemán frío y calculador, hacia mi, una chilena pobre…”, y prosiguió: “…desde que lo tomaron detenido en Sewell aquel día, no lo he vuelto a ver nunca más…”. Nos sorprendimos ante tal testimonio. La señora de 96 años de edad, lúcida como don Fernando hasta hace unos días, pero a diferencia de él, ella tiene fuerza física, pues se ve una abuela sana. Ella agregó “¿…ustedes pueden ayudarme a saber de él, talvez esté vivo aún, en Alemania, o en algún lugar? Sin embargo, tuvimos que decirle que don Fernando había fallecido. La pobre mujer comenzó a llorar, dolida por enterarse así de la muerte del único hombre al cual ha amado. Lo peor vino cuando supo que estuvo viviendo desde 1944 en la misma ciudad donde ella ha vivido desde 1978, cuando ella y su esposo debieron bajar en el marco de la “Operación Valle”.

Le pedimos a la señora Romero que nos acompañara, para poder entrevistarla, a lo que ella accedió, aún con lágrimas en sus ojos, nos pidió llevarla al cementerio donde fue enterrado don Fernando. Llegamos en un cuarto de hora al cementerio número dos de la ciudad de Rancagua, donde fue enterrado el cuerpo del alemán Ferdinand Köller. La mujer viuda de Díaz, se sentó sobre la lápida de Köller, y nos comenzó a narrar su parte de la historia.

“…como ya deben saber por parte de Fernando, nos conocimos el segundo que él llegó al campamento Sewell, nunca antes había visto hombre tan perfecto, ni siquiera los extranjeros que vivían allá eran como él, mucho menos los chilenos brutos que sólo trabajaban en la mina…yo era hija de un chileno pobre, pero nunca me sentí cómoda en aquella vida de pobre, esperaba siempre que mi padre ascendiera alguna vez a la administración, pero no ocurrió jamás…”

“…yo me enamoré desde el primer momento de Fernando, y a pesar de haberme casado en 1945 con Gonzalo Díaz Munzenmayer, un chileno alemán que había llegado al área de ingeniería, nunca pude olvidar al único hombre que amé, el único que me hizo sentir querida, y que me hizo olvidar esos intereses economicistas del amor, y sólo preocuparme por ser feliz, felicidad que perdí cuando lo expulsaron de Sewell, cuando lo encontraron transmitiendo señales secretas a Berlín, la noche del apagón…” en ese instante es interrumpida por Diego, quien le dice con cierto acento de duda: “¿a que apagón se refiere?”. A lo que recibimos como respuesta de la mujer: “¿cómo, no saben que gracias a Fernando, Sewell aún existe?...”